>>>El curioso caso del gen viajero

El curioso caso del gen viajero

El ADN es el responsable del color de nuestros ojos, pero ¿puede un solo gen definir la forma en que vemos el mundo?
“No todo el que deambula está perdido” dijo Tolkien, quien comprendía bien la importancia de un viaje. Los grandes de la literatura se encargaron de convertirlo en una metáfora del sentido de la propia existencia. El viaje del héroe es la historia más antigua del mundo: Ulises en su Odisea, Don Quijote y sus molinos o Phileas Fogg en su vuelta al mundo. Históricamente el cine también se ha empeñado en ampliar nuestros horizontes. Conocemos Nueva York de la mano de Woody Allen, el sonido de la Fontana de Trevi gracias a Anita Ekberg y hemos paseado por Notting Hill con Hugh Grant y Julia Roberts.
La psicología se desmarca de la genética y atribuye el impulso de viajar a factores ambientales, culturales y sociales.

La parte escéptica

“No podemos reducir algo tan complejo como la exploración humana a un único gen. La genética no funciona así” afirma Kenneth Kidd, genetista de la Universidad de Yale. Kidd afirma que los estudios que defienden el gen viajero se contradicen con otros tantos que lo refutan.

Transportarse a París en la gran pantalla es cómodo pero no comparable a subir a la Torre Eiffel y vivir la experiencia en primera persona. Esto se acentúa para los que el concepto ‘turista’ se les queda corto, aquellos para los que recorrer mundo es una filosofía de vida. En 2011, Walter Chang decidió dejar su trabajo en Nueva York para coger el pasaporte y recorrer 60 países. Ha bailado en el Burning Man, paseado por el desierto de Namibia y escalado en el Everest. “Un año se convirtió en dos. Dos en tres. Viajar sin parar me hizo sentir como si estuviera enganchado a una droga” asegura Chang. Esa sensación adictiva puede encontrar su explicación en la genética, concretamente en una variante del gen DRD4, que interviene en la regulación de la dopamina, un neurotransmisor vinculado también al enamoramiento.
Un estudio genético de 1999 dirigido por Chuansheng Chen, de la Universidad de California descubrió que la derivación DRD4-7R es más frecuente en culturas migratorias que en aquellas que permanecen asentadas.
En 2011, otro estudio más amplio, corrobora la idea de que el 7R tiende a encontrarse con más frecuencia en poblaciones cuyos antepasados cubrieron distancias más largas en sus migraciones desde África.
El 7R ha salido últimamente del ámbito académico para rebautizarse como gen ‘wanderlust’ o gen viajero.
Kenneth Kidd formó parte del equipo que descubrió el DRD4-7R.
Foto: BlackJack3D
Charles Rotimi, director del Centro de Investigación Genómica y Salud Global de los NIH (National Institutes of Health) afirma que el gen ‘wanderlust’ se asocia al amor por viajar. “Al llegar a nuevos destinos, los humanos aman compartir su ADN, y en el proceso continúan diseminando el tejido genético humano”.
Para los australinos, ‘walkabout’ significa desconectar del estrés de la vida diaria.
Solo el 20% de la población poseería la variante 7R aunque los genetistas no se ponen de acuerdo respecto a su valor ¿Puede ser un único gen el causante del afán explorador del ser humano? ¿o de que queramos viajar a Marte porque nuestro planeta se nos ha quedado pequeño? Hasta que la ciencia consiga sacarnos de dudas, cuando planeemos el que será el próximo viaje de nuestra vida, nos preguntaremos si será cosa de ‘wanderlust’.

Artículos relacionados

La mejor fiesta de la tierra

Una vez al año, en mitad del desierto sudafricano, se monta una ciudad efímera dedicada al arte en la que...

El camino más peligroso del mundo

Construido en las paredes del Desfiladero de los Gaitanes y posteriormente abandonado, el Caminito del Rey terminó por convertirse en...

La visita más esperada

Si no te gusta compartir la comida, siéntate lejos de la ventana porque las jirafas que viven en los alrededores...

Un paseo de altura

Lagos, picos nevados y, lo mejor, la gente local, serán tus compañeros a lo largo de esta ruta de 120...