>>>Dime qué edad tienes y te diré cómo viajas

Dime qué edad tienes y te diré cómo viajas

No se viaja igual a los 20 que a los 50. La buena noticia es que a medida que perdemos resistencia ganamos criterio: del “todo nuevo” a saber lo que se quiere.
Cada viajero es un mundo, pero todos tenemos experiencias comunes acordes con la edad. En general, nos hacemos comodones y evolucionamos de la carta de hamburguesas a la de menú de almohadas. Lo natural es quemar etapas poco a poco, pero siempre hay épocas de ropa de explorador, noches en blanco y compañeros de viaje inadecuados con las que haríamos una hoguera dantesca antes de enterrarlas en el fondo de nuestra memoria.
Djs y 600 toneladas de arena ¿Estás seguro de que la playa de Herrmann de Viena te va a seguir gustando después de los 20?
Foto: Diejun

El pequeño viajero

Cuando eres niño, todo te parece grande y nuevo. Desde la Torre de Pisa a los botones del coche. No tienes voto, pero si voz: berridos, llantos, patadas, mordiscos y otras formas básicas de la libertad de expresión. Ganas a menudo, y acabáis en el parque acuático.

A los 20, delegas
Casi nunca decides tú: delegas en tus hormonas, tu novia de la carrera o un conocido que el año pasado estuvo en la Full Moon Party de Koh Phangan y alucinó. Tu mochila pesa el doble que tú y no lleva necesariamente ningún artículo de primera necesidad para subir a Machu Picchu. Tus variables para elegir destino son: que nadie madrugue y no agrandar más el agujero que tienes por bolsillo. El viaje que recordarás con más cariño lo mismo fue a las antípodas que al pueblo de al lado: da igual, para ti todo es nuevo.
A los 30, viajas solo por primera vez
Esto se debe a dos factores: a) hemos sufrido nuestra primera hecatombe sentimental de proporciones “me voy de la ciudad” o b) empezamos a no saber distinguir un bar de mochileros de Kazajastán de una playa hipster de Viena. Las lecturas para el viaje son algo menos intensas: hemos evolucionado de Nietzsche a Ken Follet. Las conversaciones nocturnas son largas, pero eliges mejor el bar, los interlocutores y el mejunje con hielo que mareas en la mano.
La Galería Vittorio Emanuele de Milán, precursora de los centros comerciales cubiertos, es un lugar ideal para los viajeros de 40.
Foto: pcruciatti / Shutterstock.com

En la segunda juventud

Al final de tu carrera te has convertido en: a) el viajero que gruñe o b) el que ha aprendido el mantra de la felicidad: “sí, cariño”. No es extraño que los cruceros por el Mediterráneo sean tu hábitat: prefieres que te acerquen las ciudades y no al revés.

A los 40, la prioridad es la cama
Hemos cambiado definitivamente la mochila por el trolley, los vasos de plástico por los manteles de hilo y cualquier forma de transporte contaminante por el aire acondicionado. Al hojear folletos pasamos rápido las fotos de playas de Bora Bora para detenernos en las de camas. Las miramos con arrobo: si la almohada es buena, las vacaciones serán un éxito. Un buen explorador de 40 sabe que no muy lejos de una buena cama hay un restaurante con el vino a la temperatura correcta. Una civilizada playa del Algarve es suficiente naturaleza para nosotros. De cada diez veces que nos proponen elegir entre la Galería Vittorio Emanuele II de Milán o las selvas amazónicas de la ayahuasca, nueve elegimos el lugar donde los zapatos lleguen intactos a la noche.
La bahía de Es Castell, en Menorca (España) es un ejemplo del turismo tranquilo, de atardeceres y paseos, que se pueden encontrar los cruceristas senior por el Mediterráneo.
Foto: Rafael de Rojas
A los 50, empiezas a colgar el salacot
No es que no haya sorpresas, es que hay cosas que ya las has visto. Conoces a todos los “primos del guía que tienen una tienda aquí a la vuelta” en la medina de Marrakech y rebuscas en el buffet libre algo que no te haya prohibido el médico. Lo que más aprecias es: a) la compañía, b) las vistas y c) el servicio. También te pones límites, como guardar una única cola diaria o programarte un día de no hacer nada por cada cuatro de safari.

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